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Breves historias sobre la Adoración del Santísimo

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Los inicios de la Adoración Perpetua:

Los primeros adoradores de Jesús fueron la Santísima Virgen María, Su Madre, y San José, Su padre adoptivo.

La primera Hora Santa o adoración pública a Jesús ocurrió la Noche de Navidad, cuando la Santísima Virgen María lo mostró a los pastores, que lo adoraron. La segunda adoración pública fue la de los Reyes venidos de Oriente.

La Santísima Virgen María es el modelo del adorador perfecto, pues desde el primer instante de la milagrosa Concepción de Jesucristo, vivió en Adoración Perpetua; la hizo durante toda su vida terrenal y luego la continuó en el Cielo y ahora la continúa por toda la eternidad.

La Adoración Perpetua de los hombres a Jesús en el Santísimo Sacramento del altar nació muy probablemente con San Basilio (†379), que dividió el Pan en tres partes cuando celebraba Misa en su monasterio de la ciudad de Capadocia, que hoy se conoce con el nombre de Kayseri, en Turquía. Una parte la consumió él, la segunda parte se la dio a los monjes y la tercera la puso en una paloma dorada suspendida sobre el altar.

La siguiente noticia que tenemos en la historia de la Iglesia de la Adoración Perpetua al Santísimo Sacramento nos traslada a Aviñón, Francia, al día 14 de septiembre de 1226, cuando el rey Luis VII organizó un Acto Solemne de Reparación al Santísimo Sacramento, con dos fines: acción de gracias por la victoria sobre los albigenses y reparación por sus herejías, pues aquellos no creían en la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía.  En la Capilla de la Santa Cruz*1 de la Catedral de Orleans, sede de la Confraternidad de los Penitentes Grises, se expuso el Santísimo Sacramento cubierto con un velo, y la exposición convocó a tal multitud que el obispo Pierre de Corbie decidió continuar con la adoración día y noche. La propuesta del obispo fue aprobada luego por el Papa Honorio III.

También se dice que en la Catedral de Lugo, España, hubo adoración perpetua por más de mil años en expiación de la herejía Prisciliana*2.

 

 

La luna oscura de Santa Juliana de Mont Cornillon

En 1230, una visión crucial, manifestación gloriosa del Espíritu Santo que asiste perpetuamente a Su Iglesia, ocurrió como precursora de la Adoración Perpetua oficial a Jesús Eucaristía. La pequeña Juliana, de Retina, Bélgica, huérfana a los cinco años, había sido encomendada al Monasterio de Mont Cornillon.

Al año siguiente, a los seis años, tuvo la visión de la luna muy brillante, pero atravesada por una mancha oscura.  La niña le comentó su visión a las religiosas, pero aquellas le dijeron que era mejor no desentrañar su significado. Juliana creció y a los catorce años pidió ser admitida entre las monjas. Sin embargo, aquella visión de su infancia volvía con insistencia a su memoria, llenándola de tristeza. Finalmente, estando un día en profunda oración, Juliana oyó una voz celestial, que le reveló que la luna significaba la Iglesia Militante, y la mancha representaba la ausencia de una fiesta litúrgica en honor al Santísimo Sacramento. El alma de Juliana se llenó de gozo y paz al comprender el significado. 

En 1222, Juliana fue elegida priora del Monasterio, mas con la autoridad obtenida sintió también la tremenda responsabilidad de manifestar al mundo lo que ella sabía que era la Voluntad de Dios: la fiesta en honor de Jesús Sacramentado. Juliana comunicó su visión al canónigo Juan de Lausanne, quien a su vez se lo contó a Jacobo Pantaleón, sacerdote de Lieja; los dos consultaron a eminentes teólogos, y el primer oficio litúrgico estuvo listo en 1232; era el Triunfo de Dios y también el comienzo de una cruel persecución para Juliana por parte de la nueva priora de su Monasterio. Con cada avance en la institución de la Fiesta, una nueva tormenta aparecía sobre Juliana; era el odio del infierno que se retorcía ante la adoración humana al Santísimo Sacramento.

Juliana tuvo que huir de su Monasterio y pedir asilo en una Iglesia, con cuatro hermanas leales a ella.  Finalmente se refugiaron en la ciudad de Namur, cerca de Lieja; las hermanas mueren y Juliana las sobrevivió, muy enferma, siendo llamada por su amado Jesús el 5 de abril de 1258.

Desde el Cielo, Santa Juliana vio, el 11 de agosto de 1264, como aquel antiguo sacerdote de Lieja, Jacobo Pantaleón, convertido en el Papa Urbano IV, firmó en Orvieto la bula «Transiturus», oficializando en toda la Iglesia la Solemnidad de la Fiesta del Santísimo Cuerpo de Cristo o Corpus Christi, en la cual Jesús Sacramentado sería expuesto a la adoración pública de los fieles.

Sin embargo hubo que esperar hasta el siglo XIV para que la nueva solemnidad se extendiera por todo el orbe católico.

 

El Milagro de Bolsena

Es necesario precisar que la visión de Santa Juliana no fue la única fuente que tuvo el papa Urbano IV para instituir la Fiesta de Corpus Christi: el Cielo confirmó su deseo con un milagro Eucarístico portentoso.

En el año de 1264, el padre Pedro, de la ciudad de Praga, Bohemia (hoy República Checa), tenía muchas dudas sobre el milagro de la transubstanciación. Agobiado, peregrinó a Roma para orar sobre la tumba de San Pedro. Regresando de Roma, pasó por la ciudad de Bolsena, y estando allí, cuando celebraba la Santa Misa en la Iglesia de Santa Cristina, en el momento de la Consagración, la Hostia se convirtió en carne y empezó a sangrar profusamente, manchando el blanco Corporal. El Padre Pedro envolvió la Hostia en el Corporal y lo dejó en el altar.

La noticia llegó a oídos del Papa Urbano IV, que se encontraba en Orvieto, cerca de Bolsena; quien hizo que le llevaran el Corporal y, al constatar el milagro, confirmó el celestial deseo que hace tantos años le había confiado la humilde monjita de Mont Cornillon, e instituyó en la Iglesia la Fiesta de Corpus Christi, cuya liturgia principal incluye una procesión por las calles de la ciudad, llevando a la Custodia con el Santísimo Sacramento expuesto para la adoración de los fieles.

Desarrollo de la Adoración Perpetua

Más tarde, en 1653, la monja benedictina Mechtilde del Santísimo Sacramento, fundó una rama especial para dedicarse a la Adoración Perpetua de Jesús Eucaristía. En 1654, en la rue Ferou de París, se colocó la Cruz en el acto fundacional del Monasterio especialmente construido para esto; en aquella ceremonia participó su benefactora, la reina Ana de Austria, quien con una cuerda al cuello y un cirio en las manos, adoró a Nuestro Señor en la Custodia.

El padre Vincent Huby, jesuita, en Bretaña, Francia, acogió la inspiración de la Madre Mechtilde, e instituyó la Adoración Perpetua del Santísimo Sacramento por primera vez, en la catedral de Quimper, el mes de septiembre de 1654.  Los devotos de esta adoración llevaban bordada en la manga una Cruz.

Un ejemplo más reciente de vocación a la Adoración Perpetua son las Hermanas Franciscanas de la Eucaristía, orden fundada en 1849 en Baviera, quienes el 1º de agosto de 1878, a las 11 de la mañana, iniciaron la adoración perpetua, las 24 horas los 365 días del año, y desde esa fecha no han cesado de adorar el Santísimo Sacramento expuesto sobre el altar.


También debemos destacar a las 16 monjas de las Clarisas de Adoración Perpetua de Cleveland, Ohio, que comenzaron su adoración en 1921, y continúan haciéndolo hasta la fecha.

En el mundo existen muchas parroquias que han tenido la inspiración del Espíritu Santo de instituir la Adoración Perpetua a Jesús Eucaristía, y ahora esta bendición ha llegado a nuestra Parroquia Santa Teresita del Niño Jesús.

 

Anécdotas conmovedoras de la Adoración Eucarística

Hermann Cohen (1820-1871) nació en una poderosa familia judía de Hamburgo, Alemania. Fue educado en el desprecio de todo lo cristiano: sacerdotes, cruz, sacramentos, etc. A los cuatro años inició su formación musical y desarrolló en toda Europa una carrera muy brillante como pianista, profesor de piano y compositor. Fue amigo de los personajes más famosos y anticatólicos de su tiempo y gran admirador de Voltaire y de Rousseau. Conoció todos los vicios y asímalvivió hasta los veintiséis años. Un viernes de mayo de 1847, en París, el Príncipe de Moscú le pidió a Hermann que lo reemplace en la dirección de un coro en la iglesia de Santa Valeria; Hermann fue con gusto. Durante la Bendición final con el Santísimo, experimentó… «una extraña emoción, como remordimientos de tomar parte en la Bendición, en la cual carecía absolutamente de derechos para estar comprendido». Hermann regresó a Santa Valeria los viernes siguientes, y volvió a experimentar la misma commoción espiritual durante la Bendición. En la casa del amigo donde vive, encontró un viejo devocionario e inició su instrucción cristiana. Recibió ayuda de dos sacerdotes, pero pronto tuvo que partir a Ems, Alemania, para dar un concierto. Apenas llegó, Hermann visitó al párroco de la pequeña iglesia católica, y al día siguiente, domingo, fue a Misa. Escribió luego:

«Allí… la presencia -invisible, y sin embargo sentida por mí- de un poder sobrehumano, empezaron a agitarme, a turbarme, a hacerme temblar… En el acto de la elevación, a través de mis párpados, sentí de pronto brotar un diluvio de lágrimas que no cesaban de correr a lo largo de mis mejillas... ¡Oh momento por siempre memorable para la salud de mi alma! Te tengo ahí, presente en la mente, con todas las sensaciones celestiales que me trajiste de lo Alto... Invoco con ardor al Dios todopoderoso y misericordiosísimo, a fin de que el dulce recuerdo de Tu Belleza quede eternamente grabado en mi corazón, con los estigmas imborrables de una fe a toda prueba y de un agradecimiento a la medida del inmenso favor de que se ha dignado colmarme...»

Al salir de esa iglesia, Hermann era cristiano. Se bautizó en París aquel mismo año e hizo voto, ante el altar de la Santísima Virgen María, de hacerse sacerdote. Sus antiguos amigos lo abandonaron, creyéndolo trastornado, y se quedó sin casa. Alquiló un modesto cuarto y, el 22 de noviembre de 1848, con el permiso y la presencia de Monseñor de la Bouillerie, Hermann adoró toda la noche al Santísimo Sacramento, junto a un grupo de diecinueve hombres reunidos por él.

En 1849 Hermann se ordenó sacerdote en la Orden del Carmelo y trabajó incansablemente para la difusión de la Adoración Nocturna en Francia y fuera de ella; por eso es considerado el padre de la Adoración Nocturna, que pronto se extendió por casi todos los países católicos.

Su amor abrasador a Jesús Eucaristía fue premiado con la conversión de diez miembros de su familia judía, a quienes él mismo bautizó. Como músico, compuso una preciosa colección deCánticos al Santísimo Sacramento. Transcribimos un extracto de su introducción:

«Jesús, adorado por mí, que me has conducido a la soledad para hablarme al corazón; por mí, cuyos días y noches se deslizan felizmente en medio de las celestiales conversaciones de tu Presencia adorable, entre los recuerdos de la comunión de hoy y las esperanzas de la comunión de mañana... Yo beso con entusiasmo las paredes de mi celda querida, en la que nada me distrae de mi único pensamiento, en la que no respiro sino para amar tu divino Sacramento...»

«¡Que vengan, que vengan los que me han conocido en otro tiempo, y que menosprecian a un Dios muerto de amor por ellos!... Que vengan, Jesús mío, y sabrán si tú puedes cambiar los corazones…»

«Pobres riquezas, tristes placeres, humillantes honores eran los que perseguía con vosotros... Pero ahora que mis ojos han visto, que mis manos han tocado, que sobre mi corazón ha palpitado el corazón de un Dios, ¡oh, cómo os compadezco, en vuestra ceguera, por perseguir y lograr placeres incapaces de llenar el corazón!»

«¡Oh Jesús, amor mío, cómo quisiera demostrarles la felicidad que me das! Me atrevo a decir que, si la fe no me enseñase que contemplarte en el cielo es mayor gozo aún, no creería jamás posible que existiera mayor felicidad que la que experimento al amarte en la Eucaristía y al recibirte en mi pobre corazón, que tan rico es gracias a ti!»

A los cincuenta años, el padre Hermann fue a reunirse con Su amado Jesús. Los detalles de su conversión los sabemos por el padre Alfonso María de Ratisbona (1814-1884), otro judío converso como él, a quien se los relató.

Dina Belanger (1897-1929) fue una mujer canadiense muy devota del Santísimo Sacramento, a quien el Papa Juan Pablo II beatificó. Cuando ella iba a su hora de adoración, Jesús le mostraba multitudes de almas al borde del infierno; después de su hora santa, ella veía a esas mismas almas en las manos de Dios.

El Obispo san Juan Neumann (1811-1860) propuso a los sacerdotes de Filadelfia, Estados Unidos, exponer al Santísimo durante cuarenta horas turnándose por parroquias, pero ellos pensaron que era demasiado peligroso, pues había mucha delincuencia en la ciudad. Una semana después de presentar la propuesta, se incendió su casa y todo quedó reducido a cenizas menos dos papeles, en los que había escrito sus planes para la devoción de las cuarenta horas. Jesús le dijo: “Si yo puedo salvar un par de papeles del fuego, ¿cómo no voy a poder proteger a la gente que venga a adorarme al Santísimo Sacramento?” Tan pronto como la devoción de las cuarenta horas comenzó a extenderse, empezó a disminuir sensiblemente la delincuencia en la ciudad.

A 5.000 kilómetros de distancia de la playa de una isla del Pacífico norte, se encontraba Jesús Eucaristía, expuesto en Iglesias de la isla de Tahití. Pues en esa playa se reunía un grupo de católicos fervorosos cada domingo, para adorar a Nuestro Señor desde la distancia.

San Damián de Veuster, el sacerdote apóstol de los leprosos de la isla Molokai, decía: «Sin mi hora santa diaria en presencia de Jesús Sacramentado, no hubiera sido capaz de quedarme en este lugar ni un solo día».

San Pedro Julián Eymard insistía: «Hay que considerar la hora de adoración como una hora de paraíso. Vayan a ella como si fuesen al cielo, como a un banquete divino».

San Juan María Vianney vio en una ocasión con sus propios ojos cómo Jesús tomaba con cariño en Sus Manos la cara de cada persona que lo visitaba en el Santísimo Sacramento y le daba un tierno beso de amor y agradecimiento.

El padre Brian Ahern, párroco de la iglesia de san Gerardo en Geraldton, Australia, estableció en su parroquia una capilla de adoración perpetua, cediendo su habitación personal, dado que no había otro lugar adecuado en la parroquia. El padre Ahern cuenta que un día de Jueves Santo fue a visitarlo Eileen Forth, una ex-católica de su parroquia, que se había hecho metodista. Ese día de Jueves Santo fue a visitarlo para agradecerle por cuanto la había ayudado, cuando era católica. Como el padre estaba celebrando la Misa del Jueves Santo, ella asistió a la Santa Misa. Al terminarla, el padre Ahern llevó a Jesús Sacramentado al Monumento, pasando delante de ella. Al verla, la bendijo con el Santísimo, y ella escuchó la voz de Jesús que le dijo: «Eileen, Yo estoy en Mi Iglesia. Estoy realmente presente en el Santísimo Sacramento, pero la gente no me conoce y me deja solo y abandonado. Ayúdame a renovar mi Iglesia por medio de la Adoración Perpetua».

El padre Tomás no había meditado a fondo lo que significa la Presencia Real de Jesús en la Eucaristía. Monseñor Ramírez lo exhortó así:

«Si supieras ver a Jesús en el Santísimo sacramento, Tomás, ¿no reservarías una hora todos los días para estar con Él? Si pudieras verlo como realmente Él es, ¿no tendrías adoración perpetua en tu parroquia? … Imagínate lo que sucedería si Jesús se hiciera visible en el Santísimo Sacramento. Todo el mundo querría tomar el primer vuelo hacia Filipinas para ir a tu parroquia. Y, ¿no le diría Jesús a cada uno lo que le dijo al apóstol Tomás: “Porque me has visto has creído. Dichosos los que no han visto y han creído” (San Juan 20,29)?

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(*1 En aquella misma Capilla, el 30 de noviembre de 1433, estando el Santísimo expuesto, ocurrió uno de los milagros eucarísticos más notables de todos los tiempos. Aviñón fue inundada súbitamente por un desbordamiento del río Ródano, causado por lluvias torrenciales. Los Penitentes Grises llegaron a la Capilla con gran dificultad, en una barca, para tratar de poner a salvo a la Custodia y al Custodiado.  El agua dentro de la Capilla llegaba a seis pies de altura, más su asombro fue enorme al ver que ésta había formado «paredes» alrededor del altar, y la Custodia y el Santísimo Sacramento estaban indemnes y secos.

La Adoración Perpetua en esta Catedral duró hasta 1792, cuando fue suspendida por la anticristiana Revolución Francesa y sólo en 1829 los Penitentes Grises lograron restablecerla.)

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(*2 La Herejía Prisciliana promulgaba que las almas humanas estaban aprisionadas en cuerpos materiales y que, para liberarlas, el Salvador vino en un cuerpo inmaterial que sólo «parecía» humano.)

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Venid a Mí los que estáis cansados y atribulados, que Yo os aliviaré y daré descanso para vuestras almas (Mt 11, 28).

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